lunes, 27 de enero de 2014

Así era un europeo hace 7.000 años: con ojos azules y piel morena

La recuperación del genoma completo de un cazador prehistórico ayuda a entender los cambios genéticos que sufrió la especie humana al adoptar la agricultura
El poeta Gustavo Adolfo Bécquer podría haber mirado a la cara de un cazador europeo de hace 7.000 años y recitarle aquello de “¿Qué es poesía?, dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul. ¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas? Poesía… eres tú”. El análisis del ADN de un diente de un hombre treintañero que vivió hace siete milenios en las montañas españolas sugiere que tenía piel oscura y ojos azules, un aspecto que “ya no existe en Europa”, según recalca el investigador Carles Lalueza-Fox, que ha dirigido el estudio. Es el primer genoma completo que se recupera de un cazador-recolector europeo y su análisis puede ayudar a entender los cambios genéticos que sufrió la especie humana al adoptar la agricultura y la ganadería como modo de vida.
Aquel hombre que miró al mundo con ojos azules ha sido bautizado con asepsia científica La Braña 1, por el yacimiento en el que fueron encontrados sus restos en 2006, una fría cueva situada en el municipio leonés de Valdelugueros. La Braña 1 vivió en una época previa a la revolución cultural del Neolítico, que trajo una dieta rica en cereales y leche, además de suponer la llegada de nuevas enfermedades procedentes de los animales domesticados. La Braña 1 era intolerante a la lactosa de la leche y digería mal el almidón de los cereales.
“No podemos saber el tono exacto, pero tenía la piel más oscura que todos los europeos actuales”, sostiene Lalueza-Fox, refiriéndose a europeos desde el punto de vista genético. “Los datos que tenemos indican que en aquella época eran muy pocos y muy uniformes genéticamente, así que es posible que en Europa fueron todos bastante parecidos”, opina el investigador, del CSIC, dibujando un continente lleno de cazadores de ojos azules y piel oscura. “La mutación de la piel clara pudo entrar en Europa procedente de Próximo Oriente más tarde, en el Neolítico”, hipotetiza.
Los autores del estudio, que se publica hoy en la revista Nature, creen que, pese a la enorme distancia, aquel cazador de ojos azules tenía un ancestro común con los pobladores de Mal’ta, un yacimiento cercano al lago Baikal, en Siberia, en el que se han encontrado estatuillas talladas en marfil de mamut hace más de 20.000 años.
Un científico que se pierde en su edificio
Lalueza-Fox ha dirigido el estudio junto a Eske Willerslev, de la Universidad de Copenhague (Dinamarca). En su reciente libro Palabras en el tiempo (editorial Crítica), el investigador español contaba hilarantes anécdotas de su trabajo con Willerslev, que nada tienen que ver con la asepsia científica de, por ejemplo, el nombre de La Braña 1. “Eske es un científico joven. Es, también, apasionado y desordenado en extremo (durante bastante tiempo solía perderse en su propio edificio y necesitaba salir a la calle para volver a entrar por la puerta principal y de esta manera encontrar su despacho). Eske es incapaz de recordar en qué piso de un hotel se aloja, el número de la habitación, la calle donde se encuentra el hotel y el nombre mismo de éste”, arranca Lalueza-Fox sobre el investigador danés, autor de una veintena de publicaciones en las revistas científicas Science y Nature.
“Además, Eske desafía todos los convencionalismos académicos; es capaz de escuchar un seminario en la universidad tumbado en el suelo, pasarse una noche en vela trabajando en el laboratorio para terminar un experimento o beber una copa de más en la cena más formal de su departamento. Y como su mujer no le permite trabajar los fines de semana, no es raro que llame a sus colaboradores los domingos, escondido en el lavabo de su casa”, continúa el científico español en Palabras en el tiempo, un libro sobre las peripecias de los investigadores que participaron en la recuperación del genoma de los neandertales.
Willerslev, cuenta Lalueza-Fox, vive en un piso “plagado de escopetas de gran calibre”, recuerdo de sus expediciones a Siberia, Alaska y Groenlandia en busca de mamuts. En uno de esos viajes, uno de sus colaboradores “vio a Eske llegar corriendo al campamento seguido de cerca por un enorme oso pardo lanzado al galope”. En otro viaje a Siberia, “estuvo a punto de morir congelado, incapaz de encontrar el campamento al caer la noche”.

Fuente: http://es.noticias.yahoo.com/fotos/era-un-europeo-hace-7-000-os-con-photo-180019832.html

jueves, 16 de enero de 2014

Así eran los ‘neurocirujanos’ de hace 1.000 años

Hace entre 1.000 y 1.250 años, existió una cultura en la zona central de los Andes, en Perú, cuyos individuos tenían conocimientos rudimentarios sobre neurocirugía. Algunos de los miembros de la cultura de la zona de Andahuaylas, denominada posteriormente Wari, eran capaces de hacer trepanaciones y sanar a personas con heridas o problemas graves en la cabeza, e incluso de transmitir sus técnicas a las generaciones posteriores.
Son las conclusiones de un estudio presentado por la bioarqueóloga Danielle Kurin, de la Universidad de Santa Bárbara (California), que ha analizado los restos de 32 individuos de esta cultura y ha encontrado 45 muestras distintas de procedimientos de trepanación. El hallazgo, publicado en The American Journal of Physical Anthropology, indica que los habitantes de esta región tenían unos conocimientos avanzados respecto a las intervenciones craneales, y utilizaban herramientas como el taladro manual o la lima para tratar una amplia variedad de problemas de salud.
La trepanación es una técnica que consiste en realizar un agujero en el cráneo con el fin de aliviar la presión interior, ya sea por un traumatismo o un tumor. Hay pruebas de que esta práctica se llevó a cabo desde el neolítico con fines tanto médicos como mágicos o místicos. "Cuando tienes un golpe en la cabeza que provoca que tu cerebro se hinche peligrosamente", asegura Kurin, "hacer un agujero se convierte en algo razonable". El imperio Wari que habitó esta zona en competencia con los incas, desapareció de manera súbita y sin que se conozcan las causas, lo que provoca algunos problemas para conocer la cultura. Para Karin, es posible que los 'médicos' de esta civilización desarrollaran las técnicas de intervención ante la aparición de nuevas amenazas, como la violencia o las enfermedades.
El estudio de Kurin muestra varias técnicas que usaban distintas personas en diferentes zonas. Algunos limaban, otros cortaban y otros usaban el taladro. "Parece como si estuvieran probando diferentes técnicas de la forma en que probamos procedimientos médicos hoy en día", asegura Kurin. "Estaban probando diferentes maneras de cortar el cráneo".
En muchos individuos la presencia de hueso regenerado cerca de la incisión indica que el individuo se curó, mientras que en otro la operación no tuvo éxito y el enfermo no sobrevivió. "Tenemos muchos casos", insiste la investigadora, "en que la herida en la cabeza y la trepanación sanaron". Cuando el paciente no sobrevivía, los científicos sospechan que su cráneo era donado a la 'ciencia', para enseñar a otros las técnicas. Así lo indican algunos huesos en los que se observan talados de distinto grosor, como probando las herramientas y la fuerza que se necesita para atravesar el hueso. Esto mostraría que los miembros de aquella milenaria y extinta cultura no solo trataban de curar a los suyo, sino que creaban una especie de escuela para perpetuar ese conocimiento.

Fuente: http://es.noticias.yahoo.com/blogs/neurolab/as%C3%AD-eran-los-neurocirujanos-hace-1-000-a%C3%B1os-221724501.html

lunes, 6 de enero de 2014

¿Cómo evolucionaron los humanos para lanzar objetos?

Sólo los humanos pueden lanzar objetos a gran velocidad, una capacidad que ayudó drásticamente al Homo erectus, según los científicos.
El cuerpo de los ancestros humanos evolucionó para lanzar objetos hace unos dos millones de años, según un nuevo estudio. Lo que permitió esa capacidad evolutiva, al parecer, fueron cambios en la anatomía de la especie extinguida Homo erectus.
Las evidencias arqueológicas muestran que la caza se hizo más intensa durante este periodo, algo que los científicos atribuyen al desarrollo de la capacidad de lanzamiento. Según las conclusiones del estudio publicado en la revista especializada Nature, esa nueva destreza ayudó al desarrollo de los cazadores ancestrales y les permitió migrar por todo el mundo.
Sólo los humanos tienen la capacidad de lanzar un objeto con mucha rapidez. Podemos arrojar cosas mucho más rápido que nuestro más cercano pariente animal con vida, el chimpancé, que sólo logra lanzar algo a unos 32 km/h frente a los 145 km/h que puede alcanzar un atleta profesional.
Para investigar cómo sucedió el desarrollo evolutivo de esa habilidad, los científicos tuvieron primero que entender la biomecánica del lanzamiento de hoy en día.
Movimiento rápido
Para ello analizaron el lanzamiento de varios jóvenes jugadores de béisbol, utilizando cámaras especiales de captura de movimiento. Y observaron que el hombro actúa como una especie de onda (también conocida como china, tirachinas o resortera) a medida que el brazo gira hacia atrás.
Los ligamentos y tendones que rodean al hombro se estiran y almacenan energía elástica, que le da potencia al lanzamiento hacia el frente. Cuando esta energía queda en libertad genera lo que los científicos creen que es el movimiento más rápido que el cuerpo humano puede producir.
Los cambios en la anatomía de los hominini (antepasado del género Homo) que tuvieron lugar hace dos millones de años fueron los que permitieron ese almacenamiento de energía en el hombro, que resultaron en la capacidad de lanzar objetos rápidamente, y por lo tanto de cazar.
"El éxito en la caza hizo que nuestros antepasados pudieran hacerse parcialmente carnívoros, y comieran carne rica en calorías y en grasa, que mejoró drásticamente la calidad de su dieta", le dijo a la BBC el líder del estudio, Neil Roach de la Universidad de George Washington, en Estados Unidos.
"Este cambio dietario desencadenó una transformación radical en la biología de nuestros ancestros, lo que les permitió desarrollar cuerpos más grandes, cerebros más grandes y tener más hijos. También generó cambios interesantes en su estructura social", explicó.
"Sobre esa época empezamos a ver los orígenes de la división del trabajo, en las que algunos cazan mientras otros recolectan. Y probablemente también nos permitió trasladarnos a nuevos ambientes, como zonas donde no había vegetación de la que mantenernos antes de tener la habilidad de cazar", dijo el doctor Roach.
Pero puntualizó que es importante recordar que "lo que creemos sobre la caza y el comportamiento es todavía una hipótesis" y hace falta continuar investigando.
"Un problema fascinante"
Otro miembro del equipo de investigadores, Daniel Lieberman, de la Universidad estadounidense de Harvard, le dijo a la BBC que lo más fascinante para él había sido el hallazgo de que la mitad de la fuerza que el ser humano genera en el lanzamiento viene de la energía elástica almacenada en el hombro.
"Eso no es un resultado colateral de la evolución para otra cosa, es claramente una adaptación. Hubo cambios en nuestra anatomía que nos permitieron lanzar con precisión, así que queremos entender mejor cuales eran los desafíos de esa época temprana de la caza", dijo Lieberman.
Desde Kenia, donde se encuentra haciendo investigación, el académico explicó que comparado con otros animales como los guepardos, los leones o los leopardos, los humanos no tienen armas naturales, como las garras.
"La caza humana es un problema fascinante, y el hecho de que todas estas características aparezcan en la época en que evolucionó el Homo erectus sugiere que la caza pudo haber sido una fuerza de selección gracias a la capacidad de lanzamiento", dijo.
El profesor Lieberman agregó que el próximo paso en investigación sería descubrir qué usaban exactamente para cazar estos ancestros humanos, ya que hasta ahora no existen registros arqueológicos de armas que daten de este período.
Discrepancias
Susan Larson, de la Universidad de Stony Brook, de Nueva York, también trabaja en la investigación de la anatomía del hombro en primates y humanos para estudiar su evolución.
Larson no estuvo involucrada en este estudio y cree que es fácil sobreinterpretar los aspectos significativos de un fósil.
"Todo depende de cómo se interpreta la anatomía que ves en esos fósiles", apuntó.
"El Homo erectus no era necesariamente un lanzador tan prolífico", dijo.
Larson dice que el hombro del Homo erectus funcionaba también para darle a la mano una variada gama de movimientos para manipular objetos y hacer herramientas, pero no tenía el mismo diseño que en los humanos, y cree que el equipo investigador de este estudio tal vez haya subestimado la combinación de elementos sobre cómo funciona el hombro.
"Hay que entender cómo funcionan todas las partes en conjunto para lograr una amplia gama de movimientos", dijo.
Por su parte, Jill Rhodes, de la universidad de Drew, en EE.UU., considera que el nuevo estudio, más que aportar evidencias definitivas sobre el comportamiento del Homo erectus, lo que hace es introducir un modelo teórico más fuerte.
"La torsión del húmero, el ángulo al que la cabeza del húmero rota en la articulación del hombro, no concuerda con los registros de los atletas de lanzamiento modernos y, aún más importante, como el lanzamiento es una actividad de una sola mano, no hay evidencia de asimetría en el ángulo de la torsión del húmero del Homo erectus", dijo.
"Simplemente no hay fósiles preservados, así que no podemos decir que la torsión humeral demostrada en esa especie no es un aspecto de filogenia en lugar de comportamiento", agregó.
"Esta investigación abre una ventana en nuestro conocimiento sobre el comportamiento en el pasado, pero la vista aún está nublada", concluyó.

Fuente: http://terraeantiqvae.com/profiles/blogs/como-evolucionaron-los-humanos-para-lanzar-objetos?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed%3A+TerraeAntiqvaeRevistaDeArqueologaEHistoria+%28Terrae+Antiqvae%29&utm_content=Yahoo%21+Mail#.UdRfZVl76Uk

viernes, 20 de diciembre de 2013

Manifiesto: ¡Vamos ahora hacia las aulas digitales motivadoras!

Ha llegado la hora de abandonar de una vez y para siempre el aula frontal convencional, tipo auditorio con los estudiantes dándose mutuamente la espalda, mirando al docente. Esa aula, inventada por los monjes en el siglo XIII ya no es funcional a las necesidades y la posibilidades de los/las estudiantes y docentes del siglo XXI.
El aula frontal asumía que el docente era la única fuente del saber: "magister dixit", el maestro lo dijo era la consigna. Se asumía que solamente él estaba en condiciones de leer e ir entregando los conocimientos. Han pasado más de siete siglos desde entonces y hoy podemos tener todos los registros escritos, (libros, documentos, presentaciones) y los audiovisuales (videos, conferencias, fotografías, infografías, etc.) al alcance de la mano, a uno o dos clic de nuestro dedo índice.
Los/las estudiantes ya no necesitan estar mirando hacia el frente, hacia el maestro. Ahora, con pupitres digitales que incluyen una tablet o una notebook, pueden mirarse los unos a otros y pueden interactuar entre sí, con el docente y con la clase que éste preparó y que está presentando de forma estructurada con textos e imágenes en un programa de gestión de los aprendizajes. Y no solamente eso, también pueden ir a cualquier otra información en la Word Wide Web.
Desaparece el aula- auditorio y emerge el aula circular o semicircular, el aula-conversatorio. Ya no se requiere mirar a ningún tipo de pizarrón e incluso Mr. o Ms. Power Point son obsoletos.
Cambia el rol del maestro o la maestra. Ahora, su rol es liderar un proceso de aprendizaje proponiendo a los estudiantes que jueguen de forma individual o grupal con textos, imágenes, videos, canciones, etc. En la tablet están las ejercitaciones y las respuestas a las ejercitaciones. El rol del maestro es ordenar y presentar los temas, los contenidos y hacer que éstos hagan sentido a sus alumnos. Conectarlos con su vida cotidiana, con sus emociones, darles contexto. Dirigir las discusiones y los foros orales que los estudiantes pueden entablar allí mismo, en el aula-conversatorio y que pueden prolongarse en línea si es necesario. Verificar que estén presentes en la clase y no visitando a sus amigosen FB o en el chat. Pedir que cierren las pantallas cuando deben prestar atención a lo que dicen sus compañeras o compañeros, practicando la cortesía básica de la era digital: "te escucho, me escuchas, mirándonos a los ojos"
Para generar sentidos, rol del docente, más que nunca, es adaptar los temas a la cultura de los grupos de estudiantes con los que trabaja: por ende, debe ser altamente competente en el dominio de las metodologías y las didácticas que mejor funcionan con esos estudiantes, dentro y fuera de las pantallas.
Y así como el aula auditorio tiene que irse, también tienen que irse los mitos que giran alrededor de ella: por ejemplo, el mito de que el docente "trasmite" algo, pues no trasmite nada; entabla conversaciones (flujos de lenguaje y emoción) a través de los cuales emergen sentidos. Por eso nuestra profesión y nuestra pasión -la de los docentes- no están debilitadas, sino potenciadas por las tecnologías digitales y avanzaremos hacia ellas ahora. ¡Ahora y no mañana!

Fuente: http://www.liderazgoeneducacion.org/

lunes, 9 de diciembre de 2013

Insectos, una herencia prehispánica

Sobre la mesa yace un platillo que a primera vista se le antojaría a cualquiera: tres tortitas bañadas con mole y ajonjolí. Para algunos comensales ese platillo hecho con ahuautle, huevo de mosco o chinches de agua, resultaría un auténtico manjar, para otros algo repugnante.
"Es uno de los platillos prehispánicos más representativos de la ciudad de México. Se le considera el caviar mexicano. Es rico en vitaminas, hierro, fósforo porque todo es natural", expresa don Fortino Rojas, chef del restaurante Don Chon, uno de los pocos sitios de referencia en la ciudad de México donde es posible degustar la tradición culinaria de los antiguos mexicanos. En la mesa donde don Fortino prepara este caviar mexicano también hay un plato de acociles (una especie de cangrejo de río), otro de jumiles (chinche o escarabajos de monte), uno de chicatanas (hormigas negras voladoras) así como de algunos gusanos, como los de maguey.
Ese variado menú de insectos que ofrece Don Chon en su carta es apenas una pequeña muestra de las 549 especies de insectos comestibles que, según investigadores de la UNAM, existen y se siguen consumiendo en diversas partes del país.
Como una dieta diaria o como el esperado manjar de temporada, la tradición prehispánica de consumir insectos prevalece en algunas comunidades indígenas de México como una herencia gastronómica y cultural de sus antepasados.
Una tradición que desde hace una décadas se ha metido hasta la alta cocina y ha sido reconocida incluso por organizaciones internacionales como la FAO, que en un informe reciente propone extender en todo el consumo de insectos como opción ante la escasez de comida.
Para antropólogos y especialistas en gastronomía, la cantidad y diversidad de estas especies en la alimentación de los antiguos mexicanos, así como la permanencia de esa tradición en los pueblos indígenas, indican la importancia y trascendencia que los insectos han tenido en la historia de la gastronomía mexicana. “En el México antiguo los insectos son un alimento que se encuentra en la comida de todos los días, o en la de los rituales y en las ofrendas. Además, no era alimento para unos pocos, como para los guerreros, sino que es un consumo a diferentes niveles, para muchas personas. Lo que podía cambiar eran las cantidades”, explica la antropóloga Laura Corona, investigadora de la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH). “En todos los grupos indígenas del país, los insectos han formado parte de la alimentación pero no se conoce bien porque hay mucha gente que les tiene repulsión”, añade el chef Mauricio Ávila Serratos, académico del Colegio Superior de Gastronomía, quien asegura que tan sólo en el DF existen 75 especies de insectos comestibles.
Exótica tradición
La práctica del consumo de insectos entre diversas culturas mesoamericanas está documentada en las crónicas de la época, así como en los códices.
Pero durante la Conquista esta tradición culinaria fue rechazada por los españoles. Así lo demuestra el significado que se les daba a los insectos en algunos conventos del siglo XVIII, donde el consumo de, por ejemplo, los jumiles era aplicado como un castigo o penitencia para las monjas en falta.
Aunque esa influencia religiosa contribuyó a que ese hábito alimenticio se olvidara o desapareciera en algunas regiones, en la mayoría de los pueblos indígenas sobrevivió e incluso llegaron a enriquecer su preparación con ingredientes introducidos por los conquistadores. Actualmente esos cambios en la forma de preparación continúan, ya sea por la escasez de los ingredientes originales, como por el creciente interés de los gastrónomos de buscar nuevas formas de presentación y de hacer con los insectos platillos gourmet.
“Los platillos que se cocinan en las comunidades, que se transmiten de generación en generación, van cambiando de acuerdo a las circunstancias, a veces ya no hay los ingredientes tradicionales y los van cambiando por otros. Por otro lado, hay una fuerte tendencia de los gastrónomos de incorporar este tipo de elementos como opción para hacer platillos gourmet”, comenta Laura Corona.
Según la especialista, la tendencia de revalorar a los insectos como ingredientes en determinados platillos se debe en gran parte a la valorización que en los últimos años se le ha dado a la gastronomía mexicana a partir de la declaratoria de la UNESCO como patrimonio de la Humanidad.
Comida para ricos
“La nueva visión de la gastronomía es explotar estos elementos para introducirlos como algo gourmet, cuando en realidad es algo milenario, que se han comido siempre y que es común en el campo”, dice Ávila Serratos, autor del Recetario tradicional del Distrito Federal (Conaculta ,2012), donde a través de visitas de campo y entrevistas con habitantes de los pueblos originarios de la ciudad rescata los saberes culinarios que han existido en el Valle de México. Así, mientras que en el campo estos insectos forman parte de la tradición alimentaria de la mayoría de sus habitantes, en las ciudades el consumo de estas especies es considerado un lujo o una práctica limitada a paladares exóticos.
“El kilo de ahuautle alcanza los cuatro mil pesos, los jumiles están como en tres mil pesos el kilo. Cada vez son más difíciles de conseguir y son muy caros, es comida para ricos”, dice don Fortino Rojas. En el campo o en los pueblos indígenas, el panorama es distinto, pues desde tiempos prehispánicos la tradición de sus habitantes ha sido aprovechar los recursos naturales a su alcance, entre ellos los insectos comestibles. “La variedad depende de los nichos ecológicos en donde viven y de las temporadas.
Por ejemplo, en Valle del Mezquital hay temporadas en las que abundan los escamoles, en otra parte se incrementa la población de grillos y todo esto se aprovecha. Lo importante de todo esto es el conocimiento que estas personas tienen de su entorno para aprovechar los recursos naturales a su alcance, conocer los lugares dónde encontrarlos y saber cómo explotarlos”, afirma Granados.
En el caso del Valle de México, añade Mauricio Ávila Serratos, los aztecas aprovecharon de los lagos, la milpa y los montes. De esos ecosistemas aprovecharon la flora y la fauna, entre ellos los insectos acuáticos, como las cucarachas de agua, los gusanos blancos, las larvas de libélula y el ahuautle o caviar mexicano, que se cultivaba a orillas de los lagos, en determinadas temporadas.

Fuente: http://www.eluniversal.com.mx/cultura/71948.html

lunes, 2 de diciembre de 2013

Proyecto "Apolo 13" registra hallazgo de nuevo sitio arqueológico 'Cotasacha'

El sitio descubierto se halla cubierto por una tupida vegetación que hace pensar en un antiguo centro poblado fortificado de unas cuatro hectáreas de extensión.
11 días y más de 100 kilómetros de caminata por los vestigios del camino del Inca registraron los miembros del proyecto "Apolo 13", dirigido por la historiadora Vera Tyuleneva, cuyo hallazgo más significativo es el sitio arqueológico de Cotasacha.
Cotasacha "no era un tambo ni era qolqa ni lugar de almacenaje, ni paradero, era algo más grande, un pueblo fortificado pequeño, en esa zona no se puede esperar un sitio muy grande porque es un lugar alejado del imperio Inca, y lo que necesitaban los incas ahí era un sitio de control administrativo y militar", dice Tyuleneva al Periódico Digital del PIEB.
Los documentos de la época colonial mencionan una población que podría ser Cotasacha con los nombres de Ayavire, Ayavirezama y Ayavirezana. Tyuleneva explica: "Yo iba allá con la idea de quizás encontrar alguna referencia de este sitio, pero en estos casos generalmente la suerte no acompaña a uno porque las referencias son muy vagas, en este caso si había una referencia bastante precisa en cuanto a distancia incluso pero las crónicas mienten mucho, se equivocan mucho, divagan mucho, no tenían grandes esperanzas de que eso iba a resultar por si acaso lo tenía en el fondo de mi mente, pero resulto verdad".
La exploración realizada por el proyecto "Apolo 13", denominado así porque partió de Apolo y se realizó en 2013, se enmarca dentro de la geografía histórica que consiste en contrastar los datos históricos de fuentes escritas con los hechos verificables en el terreno, no es invasiva y se concentra solamente en la observación, el registro y la documentación.
Precisamente los documentos del siglo XVI se refieren a un camino inca, entre los más alejados y más avanzados hacia la Amazonia, entre el valle de Apolo y San José de Uchupiamonas; el mismo camino consta en los registros del proyecto Qhapac Ñan en Bolivia pero los académicos no lo han transitado porque es difícil de recorrer incluso a pie. Tyuleneva, el cineasta Rodrigo Rodríguez y los guías Agustín Zambrana e Hilarión Sea se lanzaron en esta caminata de once días registrando "el andén continuo de 1 y 4 metros de ancho, con superficie nivelada, que va por las laderas de los cerros", "fragmentos aislados del empedrado" y "tres tramos largos y varios tramos menores de gradas talladas en roca".
Si bien existe deterioro del camino, éste puede ser observado y documentado, y necesita un proceso de conservación y resguardo arqueológico. Tyuleneva explica que hacia el norte de Apolobamba y el río Tuichi existe un punto fortificado importante, la fortaleza Ixiamas que es conocida desde los años 70, y parece que el camino recorrido por el proyecto "Apolo 13" se dirigía originalmente hacia ese lado, lo cierto es que era una vía de acceso a las tierras bajas, probablemente zona de intercambio de diferentes productos y zona de acceso militar al río Beni.
El sitio Cotasacha, en cambio, está en el límite entre los pajonales y el bosque tropical, a 27 kilómetros en línea recta hacia Apolo, una distancia que se incrementa hasta 50 kilómetros si se sigue el camino del inca (que tiene zigzags). Tyuleneva registró en el sitio "una de las estructuras con un muro bien conservado de aproximadamente 50 metros de largo y hasta 2 metros de alto, y otra estructura con un muro del mismo alto y de 120 metros de largo, además de fragmentos de varias construcciones arquitectónicas menores".
"Tanto el camino inca como el sitio arqueológico de Cotasacha están en grave peligro de deterioro", dice Tyuleneva. Si bien la actividad humana (quema descontrolada de bosque, presencia del ganado y excavaciones clandestinas en busca de tesoros) es un factor de riesgo para ambas infraestructuras arquitectónicas, para la historiadora el mayor peligro está dado por los factores naturales como las lluvias, los derrumbes y especialmente la abundante vegetación.
El proyecto "Apolo 13" está financiado y respaldado por el Foro Boliviano de Medio Ambiente (FOBOMADE), por la protección del patrimonio histórico y arqueológico en el Parque Madidi. La historiadora Vera Tyuleneva puede ser contactada en el correo benipando@yahoo.com.

Fuente: PIEB